Aprender a habitar mi sensibilidad
Durante mucho tiempo pensé que sentir tanto era un problema.
Que algo en mí estaba de más: la emoción, la percepción, el cansancio que no sabía explicar, la incomodidad en ciertos lugares o con ciertas personas.
Me acostumbré a escuchar frases como “no te tomes todo tan a pecho” o “tenés que aprender a endurecerte”.
Y lo intenté.
Pero cada vez que me alejaba de lo que sentía, algo dentro mío se desordenaba más.
Con los años entendí que no era fragilidad.
Era percepción.
Mi cuerpo registraba antes.
Mi emoción hablaba antes.
Mi campo energético sabía cosas que mi mente todavía no podía nombrar.
La sensibilidad empezó a tener sentido cuando dejé de pelearme con ella y empecé a escucharla desde otro lugar. Cuando comprendí que no se trataba de apagar lo que siento, sino de ordenarlo, de darle un cauce, de aprender a habitar mi energía sin perderme en ella.
Ahí cambió todo.
Cuando el campo se aquieta, el sentir deja de doler.
Cuando la energía se alinea, la emoción encuentra descanso.
Cuando el cuerpo se siente sostenido, la sensibilidad se vuelve claridad.
Hoy sé que mi sensibilidad no vino a endurecerse.
Vino a recordarme una forma más honesta de estar en el mundo.
Más lenta, más consciente, más conectada.
Y también sé que no soy la única.
Muchas personas sensibles sienten que algo no está mal, pero tampoco está del todo bien.
No necesitan que les expliquen quiénes son.
Necesitan espacios donde puedan volver a sentirse en coherencia con lo que ya son.
Este camino no busca corregir la sensibilidad.
Busca devolverle su lugar.